Ricardo Valenzuela
El estudiar historia en las diferentes eras de la humanidad, es atestiguar la eterna lucha entre la libertad y la fuerza opresora que siempre ha tratado de evitarla. Una lucha entre dos filosofías en la cual hay dos potenciales resultados; el que la gente sea libre para vivir como ellos decidan, siempre respetando los derechos de otros. Y la otra en que cierta gente pueda usar la fuerza para obligar a otros actuar de forma que ellos nunca hubieran elegido. No es sorpresa ver que la filosofía del poder siempre ha sido utilizada para eso, esclavizar a sus poblaciones. Y, en esa lucha, hay un elemento de un valor incalculable, las estructuras mentales de la gente que construyen los paises.
Y teniendo el tema sobre la mesa, veremos que esas fuerzas opresoras, a través de los siglos, han hecho hasta lo imposible para no permitir lo que los verdaderos sabios de la historia han repetido. Desde Lao-tzu, el autor del Tao Te Ching, Confucio y el hombre superior, el gran filosofo Irani Al Hallaj con su celestial frase “yo soy la verdad”, y sus mensajes fueran similares a los de Jesus de Nazaret, pues él también afirmaba que dentro de nosotros estaba ese gran tesoro que nos podría llevar a una infinita grandeza, hasta los pensadores griegos y romanos Sofocles, Cicero, Marco Antonio. El ser humano tiene esos poderes nunca utilizados, que siempre ha provocado pavor de los tiranos.
Y tal vez el esfuerzo mas grande y, sobre todo, el resultado que se lograría fue algo que naciera de la mente del emperador Constantino como un parteaguas de la historia y, con el Concilio de Nicea, le diera vida al cristianismo político. Porque lo que Constantino, de forma brillante había creado, era el instrumento de control mas poderoso de la historia. Porque, con tintes de religión y sus mandamientos, también le daba vida lo que a futuro se conocería como la moral de los esclavos. Así, al rudo centurión romano con todas sus legiones, cambiaban la espada y su jabalina con la que tantas batallas ganaran, por el rosario de la nueva iglesia. Se llenaron los monasterios al mismo ritmo que se vaciaron sus famosos Castrums (cuarteles). Así se iniciaba la caída de Roma con toda su grandeza y la expansión global de la iglesia.
El primer objetivo de la iglesia era adueñarse de la mente de esa sociedad romana. Y para lograrlo, debian borrar de la historia la figura de ese centurión romano fuerte, poderoso, rico, seguro de sí mismo, independiente, amante de la belleza y todos los placeres mundanos. Le debían dar vida al hombre inferior, inseguro, humilde, débil, cincelado por temor e inseguridad, de una silenciosa desesperación, incapaz de acciones admirables, conformista. Era la decadencia orquestada para destruir cualquier estado superior, para que ese hombre sintiera no tenía atributos. Era inútil y necesitaba ayuda para salir de la turba.
Era el intento de Constantino de igualar la religión con su vanidad. Los contratados poetas, los videntes, se sentían orgullosos y elegidos con tales tareas indignas, valorizando el no ser considerados como individuos, simplemente ser boquillas de un clarín. De forma gradual les expropiaran posesión de sus elevadas situaciones, sus acciones y sus obras. Ahora se sentían más honrados cuando ya no los consideraban autores de grandes logros, sino que le conferían esa autoría a Dios. Y ese “Gracias a Dios” ahora era el himno que, por falta de libertad y de voluntad de poder, debían cantar eternamente.
Y surgía un elemento clave de la obra, los sacerdotes comediantes de un teatro sobrenatural, algo en donde tenían que colgarle alguna evidencia, fueran ideales, Dioses, Salvadores, en eso consistía su profesión, para eso tenían instintos y una serie de herramientas de culpas; para hacerlo más digno, más creíble, debían llevar la semejanza a la lejanía más profunda que fuera posible, esa habilidad de comediantes debía, sobre todo, dejar bien instalada en ellos una buena conciencia, suficientemente buena para, con su ayuda, convencer al mundo con gran veracidad.
El sacerdote mutaba pretendiendo dejar bien sentado que es un tipo superior de ser humano, que domina—incluso sobre aquellos que tienen el poder real—que es invulnerable, intocable, la fuerza mas potente de la comunidad, que no hay ninguna forma de sustituirlo ni subestimarlo. Es el único sabio, el único virtuoso, el que tiene domino supremo de sí mismo; solo él es, en cierto sentido, Dios, y se conjuga con la divinidad; solo él es intermediario entre Dios y los otros; la divinidad castiga cualquier desventaja, cualquier pensamiento dirigido contra un sacerdote. La verdad existe y solo hay una forma de alcanzarla; hacerse sacerdote.
Sí el sacerdote debe ser ese tipo superior, la jerarquía de sus virtudes servirá para graduar los valores del hombre. El estudio, la renuncia a los sentidos, la inactividad, la impasibilidad, falta de afectos, la monotonía, el rebaño sin rumbo. Contradicción; el género más profundo del hombre. El sacerdote enseña una determinada clase de moral, para que le crean es tipo superior. Ubica un vago a su lado para hacerlo parecer como ese ser divino, superior y se entrega a la jerarquización de castas.
Surgía el segundo elemento del teatro, el filósofo como postdesarrollo de un tipo de sacerdote, lleva en si la herencia de este; y a pesar de tratarse de un rival, se ve forzado a luchar por lo mismo y con los mismos medios que el sacerdote, pues también aspira a la autoridad suprema. Aunque el mercado de los filósofos es la veneración a los príncipes, los conquistadores victoriosos, a los estadistas verdaderamente sabios. El ubermensch de Nietzsche que incluye a Schopenhauer, Martin Heidegger, Karl Jaspers, Michel Foucault, Ortega y Gasset, Camus, Dostoievski.
Pero ¿Qué clase de autoridad porta alguien cuando no se tiene el poder físico de la fuerza? La iglesia fue muy exitosa logrando la creencia universal de que ellos tienen en las manos un poder superior; el de Dios. Todo mundo necesita la mediación y servicios sacerdotales, ese monopolio del perdón vía hacia la salvación. Se colocan en medio como la única alternativa. Por eso la iglesia les arrebató el poder a los imperios.
Ellos requerían para permanecer dos cosas. Se creyera en la superioridad de su Dios, y se creyera en su Dios. Que no hay ningún otro camino, ninguna otra ruta directa a Dios. En el siglo 10 a la iglesia se le condenaba de senilidad, de ineficiencia, e iniciaba la pérdida de poder. Los expertos afirman que, ya penetrada y controlada por el Nuevo Orden Mundial, un Vaticano invadido por masones, cardenales billonarios, no se le puede presagiar más que malos tiempos.
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